
La vida humana está llena de decisiones. Quedarse o irse, hablar o callar, caminar o correr.
Hay decisiones que te llevan al límite, otras que son inevitablemente necesarias y otras que marcan un giro rotundo en nuestras vidas.
¿Cómo hacer para decidir correctamente? Esa es la pregunta.
Decidir siempre es difícil, presupone tiempo para pensar, listas interminables de pro y contras o en todo caso, un impulso desenfrenado que decida por uno mismo. Pero a pesar de la dificultad, las decisiones siempre implican un nuevo comienzo, un respiro, un bienestar.
Toda esta semana le he dado vueltas a mi cabeza pensando que significa para mi ser bonita.
Y pienso que ser bonita es tener el corazón calmado, es estar llena de color, tener la cara un poquito sonrosada, tener los ojos grandes y brillantes, es respirar sin que nada lo entrecorte, es ser libre, es poder bailar y reir fuerte. Ser bonita es ser coqueta, es saberse grande, fuerte, feliz; es poder hablar de todo y con todos. Ser bonita es tener aretes lindos y divertidos, es buscar mucha ropa en el closet y salir así linda, como yo me siento cuando estoy tranquila, en paz.
Y pensaba mucho en esto no porque me importe verme bien y ser hermosa ante los demás ojos; sino porque tenía que hacer algo difícil.
Los humanos nos aferramos a la imagen que tenemos de nosotros mismos, nos resistimos a cambiar, por dentro y por fuera, queremos mantenernos, no mutar.
Pero yo tenía que hacerlo, tenía que cortarme el pelo chiquito, muy chiquito. Da miedo, créanme.
No tenía mucho tiempo para pensarlo, esta decisión estaba basada en mi formación académica y aunque nadie me obligaba, suponía un reto para mí.
Sí, me lo corté ,y me veo linda, como mi mamá, como un niño travieso e ingenuo; me siento segura, sensual, mujer.
Ésta decisión, para muchos, probablemente banal, me ha hecho revivir un poco, me ha devuelto las ganas de verme al espejo, de sentirme bien conmigo misma, de sonreir, de ser yo, Gabriela, un poquito más Nena y un poco más capaz.
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