domingo, agosto 07, 2011



Nuestros cuerpos, casi sin vida, se dirigian al mar.

Los pies parecían flotar en el aire.

De pronto, una inmensa ola, llena de espuma, amenazaba nuestro caminar.

Yo, tomé tu mano helada y entregué mi suerte a tu compañía.

Me apretaste fuerte contra tus dedos y entonces nos sumergimos.

Debajo todo era oscuro, confuso. Aún así, yo podía ver tu rostro.

Las burbujas que salían de ti formaban palabras que podía leer: "todo estará bien, pequeñita"

Te creí y retuve todo el aire de mis pulmones para seguir viviendo.

Cuando desperté, estabas a mi lado, tocabas mis cabellos mojados con esa dulzura que nadie posee.

Había sol y aunque las piedritas se veian, no lastimaron mis pies.

Me cargaste y caminaste sin fin hasta encontrar nuestro hogar.

Era pequeño pero perfecto para los dos.

Nos echamos en el piso, mirando las mismas estrellas que vimos alguna vez en el jardín de aquella casa desconocida. Eran grandes y luminosas como tus ojos y seguían cumpliendo con su misión de iluminar nuestra existencia.

Así, en su compañía y con nuestros dedos entrelazados, juramos estar juntos para siempre.

Todo había pasado.

Los remolinos estaban lejos de nosotros.

Nuestros escudos fueron más fuertes.

Nuestro amor más poderoso.

Nuestro amor: el causante de tantas sonrisas.

Nuestro amor: el motor de este tiempo.



Todo estará bien. Lo sé.